Blogia

penemaker. El blog del amor y el freak, quizás, nada es inmutable

Las andanzas de Darío Persa (II)

El hecho en si no tuvo mucha relevancia en un primer momento. Para mi, claro está. Pero para la escalera de porteras en la que vivíamos mi madre y yo... eso era otro cantar.

La cosa era sencilla. Vivíamos en uno de los nueve bloques que tenía nuestra urbanización. Edificios todos unidos por la obra, pero separados por su portón. Nosotros estábamos en el seis. Y cada uno tenía un total de once plantas.

Pero vamos al meollo. La cosa fue que aquel mes de septiembre, un nuevo inquilino compró el sempiterno "en venta" 11C. Un tipo de unos treintaitantos años. Alto, bien parecido, moreno...

Para mis vecinas, especialmente para las más mayores, que un tipo en edad casadera, que ya debía tener al menos tres churumbeles alrededor, llegase solo a aquel vecindario tan familiar, resultó todo un descubrimiento, además de un shock.

Como es normal, no tardaron en dispararse los rumores. Que si era gay, que si tenía el sida, que si acababa de salir de la cárcel o llevaba ya cuatro divorcios en el cuerpo.

El caso es que el tipo, con el que yo había coincidido ya un par de veces en el ascensor, era bastante agradable y educado. Siempre sonriente, con una palabra amable preparada en la punta de la lengua. Sin embargo, sus ojos marrones desprendían una extraña sensación nostálgica. Su mirada parecía enormemente triste.

En un principio no le di más importancia. Un vecino más. Un motivo más para las ridículas especulaciones de las gallinas cluecas de mis vecinas.

El avance del meteoro azul

El avance del meteoro azul inunda las calles con su luz incandescente.

Si le miras directamente, te cegará con su atronador brillo.

Aún así, si consigues mantenerle la mirada, algo harto extraño, una inenarrable paz invadirá tu cuerpo.

Mirar el avance del meteoro azul provoca tal tranquilidad que tu vida nunca volverá a ser la misma.

El avance del meteoro azul es la experiencia más bonita que un ser humano puede vislumbrar. De ahí que su paso sea fugaz. Su brillo ensordecedor. Su visión un imposible.

Si un día tienes la fortuna de observar el avance del meteoro azul, aguanta la mirada. Déjate llevar. Disfruta. Permite que la paz te inunde. Déjale que te lleve, te transporte, te permita levitar...

¿A qué viene esto que es escrito? No lo se. Debe ser el momento que vive mi existencia. O la paz con la que empiezo a coexistir pese a las zancadillas contínuas. O tal vez a que un día me encantaría poder ver el avance del meteoro azul y dejar que me haga levitar.

El vulgar

Hay algo que me preocupa mucho últimamente. La fase de reencuentro con uno mismo hace que te plantees cuestiones desde nuevos puntos de vista.

Yo ahora pienso en lo que estoy haciendo con mi vida. Obviamente, según el prisma de aquel que lo vea, variarán bastante las opiniones.

Desde mi punto de vista, me pregunto muy a menudo cómo me veo. Siempre he querido tratar de ser feliz. Acercarme al amor. Aprovechar el momento. Disfrutar de la vida. Sacarle todo el jugo, pese a lo complicado que en ocasiones resulta. Siempre he querido tener una vida especial, lejos de la vulgaridad, la monotonía y la rutina.

No se si lo consigo. Hay gente que me ve desde fuera que opina que soy una persona especial, con una vida especial.  No lo se.

Sólo se una cosa. Que me aferro a ella con todas mis fuerzas. Que incluso cuando extravío el camino, pongo todo mi empeño en volver a él. Que intento con todas mis fuerzas hacer que la gente que me rodea se sienta especial... y que hoy me siento algo solo, pero muy querido y especial, porque quien me rodea así me hace sentir.

Es importante encontrar nuestro rumbo. Nuestro destino. Nuestro camino. Es importante conseguir que nuestras vidas sean especiales. Es importante hacer que nuestras vidas no sean vulgares. Es importante ser especial... Y cada uno de nosotros sabemos hacerlo. Solo hay que encontrar nuestro sitio, nuestro camino, y disfrutar de cuanto nos rodea.

Las andanzas de Darío Persa

Hola a todos. Me llamo Darío Persa, y esta es la historia que cambió mi vida.

Vivía en una ciudad cualquiera, en un barrio cualquiera, con una existencia cualquiera. Nada era especial en mi.

Era un chico de instituto, con amigos de lo más normal, novietas y rolletes de clase, como es habitual.

Lo único que no era normal en mi vida era mi familia. Mi padre había desparecido años atrás, por lo que vivía con mi madre y mi cuidadora. Es cierto que resulta extraño tener una cuidadora cuando ya rondas los diecisiete. Pero es que esta señora era una especie de amante de mi madre, que desencantada con los hombres, había decidido cruzar de acera, pero por el que dirán, la pobre mujer seguía siendo presentada como la nanny o empleada de hogar.

En fin. Tal y como podéis sospechar, mi existencia transcurría plácida. Bueno, todo lo plácida que podía transcurrir para un chico de diecisiete años medianamente guapete.

Mis problemas, que para mi eran un mundo, vistos en la distancia, resultaban cuando menos, algo ridículos. Que si le gusto a Sara pero no a Mónica, que es la que me gusta a mi... Que si me han suspendido lengua y el cabrón del profesor de mates no me quiere dar el notable... Que si la hora de llegada a casa después de una fiesta es a la una o a las tres... Toda una retahila de "grandes" problemas que para mi no siempre tenían fácil solución.

Andábamos por el mes de octubre. El año escolar se presentaba igual de "coñazo" que todos los anteriores. Muchas ganas de fiesta y pocas de estudiar. Pero ocurrió un hecho peculiar. Un hecho, que si bien en su momento no le di importancia, a la larga acabaría cambiando mi vida. 

De repente

De repente, un día te levantas y lo ves todo claro. Una mañana te das cuenta que has dado con la más básica de tus necesidades, amar.

De repente ves que tu vida siempre ha girado en torno a él. Así pues, enfocas toda tu existencia a perseverar y cuidar de él.

De repente, un día encuentras a alguien que te llena. Alguien que te complementa, alguien de quien enamorarse. Te sientes digno de amarle, y te entregas en cuerpo y alma al amor hacia esa persona.

De repente te ves feliz, pleno, completo. Nadie te puede parar. Tu vida tiene sentido, rumbo, dirección. Te sientes por fin en la nube de la que ya nadie podrá bajarte.

De repente, te levantas y día y ves que tu vida es cómoda. Que todo es como tiene que ser. Que te dejas llevar... y sientes que algo empieza a fallar. Algo no termina de encajar. Pero no le das importancia y continúas adelante.

De repente notas que todo está mal. Todo se ha torcido delante de tu propia cara. Ves que no eres capaz de cambiar. Sabes que buscas consuelo en lugares equivocados, pero no lo puedes o sabes evitar. Observas como todo lo que era bello y puro se ha convertido en rutina e insatisfacción.

De repente un día sabes que la bola de nieve se ha hecho tan grande que ya es imparable. Necesitas distancia porque delante de tus propias narices se ha ido lo que más querías y ya no puedes, quieres ni tienes fuerzas para retenerlo.

De repente observas como el amor te ha hecho daño. Se ha ido. Te ha convertido en alguien que hace daño, o eso crees tú. Es más, crees que puedes vivir sin él. Que debes vivir sin él.

De repente notas como tu decisión ha sido acertada. Sientes alivio, sensación de libertad, de haberte quitado un peso de encima.

De repente, empiezas a sentir que algo no va bien. No sabes identificar que es, pero algo no encaja. No estás pleno. No todo sale como debiera. El mundo se ha convertido en un lugar oscuro, sombrío y distante donde tu no encajas.

De repente, alguien llega a tu vida. Alguien directo, pleno. Alguien que te llega muy dentro de tu alma. Alguien que te empieza a recordar lo que tanto tiempo has perdido. Alguien que te empieza a recordar quien eres en realidad. Alguien que te rompe el corazón.

De repente, empiezas a despertar. Empiezas a verte a ti mismo. Empiezas a buscar aquello que perdiste sin saber muy bien que es. Buscas y rebuscas sin pies ni cabeza, porque aún no lo puedes identificar.

De repente encuentras otra vez algo parecido a lo que perdiste. Empiezas a ver luz al final del túnel. Pero sabes que ese túnel es muy largo. Hay cosas que no quieres ver, pero te empecinas en caminar por ese escarpado camino oscuro que te lleva a la luz, pero la luz se aleja.

De repente, estás solo otra vez. La luz está ahí. se ve borrosa, pero se empieza a discernir. Está lejos, pero cada vez se ve con más claridad.

De repente, despiertas un día y observas lo que has perdido. Has perdido mucho. Mucho más de lo que en un principio parecía. Has perdido aquello que un día supiste que movería el motor de tu corazón. Has intentado desterrar el amor... y cuando lo has vuelto a tocar no has sabido cuidarlo... por que ni sabías que era lo que te faltaba. Estaba delante de tí pero no lo veías.

De repente te das cuenta de cuanto has errado el camino. Cuanto te has desviado. Cuanto trabajo tienes por delante para volver a ser tú. A sentirte completo. Para volver a amar sin condiciones, restricciones y con sincerdad.

De repente ves que el camino hacia la luz es más largo, escarpado y complicado de lo que pensabas. Ves que el desvío es mayúsculo. Que el perdón es muy complicado, y que volver al equilibrio es una tarea de titanes.

De repente despiertas un día y te encabezonas en intentar hacer las cosas bien. Equilibrarte. Perdonarte. Abandonar la rabia. Avanzar. Volver a ser tu mismo. Sosegarte. Relajarte. Vivir. Compartir. Disfrutar. Amar... cueste lo que cueste. Tardes lo que tardes. Solo es cuestión de paciencia, trabajo y fe en uno mismo.

¿tú qué harías por amor?

Si bien es cierto, o así lo pienso yo, que más valen cien vidas de cárcel a una sin amor, ¿hasta dónde estaría dispuesto a llegar por él?

La verdad es que nunca lo he pensado. He hecho muchas cosas. He llegado lejos. He luchado con fiereza por él. He sufrido grandes luchas internas y externas. Pero nunca he pensado en los límites.

Y pienso que quizás sea mejor así. Si te guías por tu corazón. Si no piensas en las consecuencias de todo lo que vas a acometer. Si no te paras a mirar la piscina antes de lanzarte por si no tiene agua... ¿por qué iba a pensar hasta donde estaría dispuesto a llegar por amor?

Imagino, siendo como soy, que estaría dispuesto a llegar lejos. Al fin y al cabo, quiero que cada día de mi vida sea especial, y él me lo permite. Quiero vivir cada día como si fuese el último, y eso él me lo permite. Quiero vivir la vida con intensidad, y eso él me lo permite. Quiero vivir sin preocuparme de las consecuencias de mis actos antes incluso de haberlos realizado, y eso él me lo permite.

pero, ¿y tú? ¿te has parado alguna vez a pensar qué harías por amor?

La revuelta

Que difícil se vuelve todo cuando te has equivocado tanto.

Que lento resulta todo cuando te has alejado tanto de tu camino y tienes que buscarlo y retomarlo.

Que complicado resulta lo sencillo cuando tú mismo eres quien lo ha complicado.

Que difícil es perdonarse.

Que complicado resulta no tenerse rencor ante la falta de reflejos y constancia que ha movido tu vida en los últimos años.

Que difícil es verse a uno mismo como es cuando miras atrás y ves lo equivocado que has estado en años.

Que paciencia hay que tener con uno mismo.

Otra vuelta de tuerca

De repente despiertas un día y te das cuenta que prefieres cien años de sufrimiento a una vida sin amor.

De repente despiertas un día y contemplas como has convertido tu existencia en una cáscara vacía errando un camino tras otro.

De repente despiertas un día y ves que lo que siempre ha sido importante en tu vida lo has desterrado sin remisión.

De repente despiertas un día y sufres por haberte equivocado tanto.

De repente despiertas un día y te cabreas por no haber visto lo que tenías delante de los ojos tanto tiempo.

De repente despiertas un día y vuelves a descubrir que tu vida sólo avanza a través del amor. Lo demás son paños calientes.

De repente despiertas un día y sientes que tu ser se ha llenado de rabia tras años de sentirse perdido.

Pero, de repente despiertas un día y descubres que no es tarde. Él ha vuelto. El amor no se ha ido. No te ha abandonado. Te ha esperado pacientemente. Todavía no es tarde.

Desterrar la rabia

¿Cómo deshacerte de la rabia que has ido acumulando durante años? ¿Cómo reencontrarte con tu verdadero ser después de tanto tiempo perdido? ¿Cómo soltar el lastre que has arrastrado sin saberlo? ¿Cómo volver a sentirte tú mismo, en paz, después de haberte perdido durante meses? Y sobretodo, ¿cómo pedir perdón a la persona que es más difícil que lo acepte, osea, uno mismo?

No es un horizonte fácil el que se abre ante una persona con semejante panorama. Pedirse perdón a uno mismo es una difícil misión. No es fácil reunir las fuerzas para ello.

Pero más difícil es si cabe el perdonarse. Máxime cuando has estado tanto tiempo perdido. Máxime cuando has tenido la respuesta ante tu cara, pero no has sido capaz de verla. Máxime cuando acumulas tanta rabia hacia tí mismo por tu torpeza, que te ves incapaz de aceptarte la desfachatez de un simple perdóname.

No obstante, si hay algo claro en la vida, es que estamos condenados a aceptarnos. A vivir con nosotros mismos. A ser nosotros mismos. A pedirnos perdón una y otra vez. Y a perdonarnos una y otra vez.

Ahora toca encontrar la paz. El equilibrio. La búsqueda del bienestar. Y, por qué no decirlo, una leve sensación de felicidad. Pero, para conseguir eso, hay que desterrar el odio, la rabia, el rencor, el cabreo y el sufrimiento innecesario. Y eso requiere un largo tiempo de reequilibro, paz interior, serenidad, autodescubrimiento y perdón.

Paciencia y calma. Mira en tu interior. Ahí está tu perdón.

¿Ahora si?

Después de años de despiste. Tras meses de equivocar el rumbo. Cuando has vivido durante días buscando las respuestas adecuadas en los lugares equivocados... al fin parece que el camino está claro.

Y ¿por qué está claro? Porque siempre ha estado ahí delante, y llevo tres años sin quererlo ver. Era tan sencillo, tan obvio, tan real y evidente...

El amor. El amor siempre ha sido la respuesta a todos mis males. Siempre que me he encontrado feliz, pleno y sonriente, siempre, sin excepción, ha sido cuando he sentido algo diferente a lo común.

No me refiero con esto al amor fraterno, al cariño que le puedas tener a un amigo o a una madre. Me refiero a ese sentimiento que te hace vivir en una nube. Ese que hace que cada día de tu vida sea especial. Ese que hace que quieras despertar del sueño para disfrutar de tu existencia de ensueño. Ese que hace olvidar preocupaciones. Ese que hace que toda la mierda que nos rodea parezca menos mala. Ese que te hace sentir vivo.

He perdido tanto tiempo. Buscar respuestas no siempre es fácil. Cuesta trabajo. No siempre es fácil. Ver lo que tenemos delante puede resultar tan complicado a veces...

Estaba dispuesto a renunciar al sentimiento más profundo, bonito y complejo... por simple miedo. Miedo a hacer daño. Miedo a que me hagan daño. Estaba dispuesto a renunciar al sentimiento que siempre ha movido mi vida. Estaba dispuesto a renunciar al único sentimiento que se a ciencia cierta que me hace feliz, y que no me miente.

Los seres humanos tenemos tanto que dar... Tenemos tanto que ofrecer... pero continuamente nos perdemos en disquisiciones personales. Nos volvemos egoístas y egocéntricos. Pedimos a cambio de nada. pero el amor no pide nada. Sólo da... y sin querer, te hace recibir. Y hace que la vida pueda ser maravillosa.

Ese pedazo de ti que siempre está vacio. Ese pedazo de tí que tú no puedes llenar. Ese pedazo de tí que siempre está buscando dar el cariño, la comprensión, la fidelidad. Ese pedazo de tí que sólo puede llenar la persona a la que amas. La persona que amas de forma sincera y desinteresada. La persona que te ama.

Nos aferramos contínuamente a todo aquello que nos ofrece seguridad. La gente que nos rodea, el afecto por las cosas, el apego a la libertad que te ofrece la falta de compromiso... Y no nos damos cuenta que lo que realmente nos hace libres es el dar rienda suelta a nuestro corazón, nuestros sentimientos, nuestro amor.

Por miedo no he vivido todo lo pleno que pude hacerlo. Por miedo a los demás. Por miedo a mi mismo. Por miedo a mi falta de constancia. Por miedo a mis obsesiones. Por miedo a mi dolor. Por miedo he dado la espalda a lo único que me hace vivir. Me hace sentir. Me hace feliz. Me hace libre.

Y es que aunque parezca una cárcel cuando se acaba, el amor es el único sentimiento que nos hace libres. Sólo cuando amamos estamos realmente plenos. Sólo amando podemos encontrar nuestra verdadera esencia, nuestra alma, nuestra verdad. Solo amando somos nosotros mismos. Deshinibidos, sinceros y liberados.

Él hace que cada día merezca la pena ser vivido como si fuera el último. Él hace que no quieras que acabe cada minuto de tu vida. Él te hace vibrar, sonreir, disfrutar de todo en plenitud. Él hace que tu vida sea maravillosa, única e irrepetible. Él te hace vivir.

El amor te hace libre.

La coraza

Estamos tan acostumbrados a un mundo que nos hace daño, que nos rodeamos de defensas, corazas y armaduras que hasta nos pueden alejar de nuestra propia humanidad.

Cuando estés a la defensiva, cuando veas que el miedo mueve tu vida, cuando dejes de ser valiente para evitar el dolor... habrás creado tales defensas en torno a ti que no te van a permitir ser tú.

Si te encuentras perdido, desolado, abandonado, solitario, ensimismado, encerrado... solo hay algo que te dirá el rumbo a seguir... tu corazón.

Él no se preocupa de si aciertas o no. No se preocupa de si es lo bueno o no. No se preocupa de con quien vas o no. Él solo te va a decir una cosa: lo que realmente quieres.

Aquello que anhelas, esas respuestas que no encuentras, lo que realmente deseas con todas tus fuerzas... todo está ahí.

Podrás pensar "¿eso no el lo que quiero?" o "si hago eso puedo salir malparado". Son dos ejemplos. Y si, son dos ejemplos reales. Pero eso a él no le importa. Esas cosas son mentales. El corazón sabe siempre lo que quiere. Lo que desea. Lo que se anhela. Aquello por lo que realmente debes luchar. Te guste o no te guste.

Todo lo demás son juegos mentales. Tretas del cerebro. Socialización. Justificaciones. Creaciones de tus defensas.

Un corazón siempre será sincero contigo. Pero no es fácil mirar ahí. Y no siempre es agradable lo que se ve. Pero eso es lo que eres.

Vuelta a empezar

Los bucles. Los bucles son el dolor. Esa incapacidad de avanzar. Esa imposibilidad de ir hacia delante. Ese sufrimiento de intentarlo una y otra vez, para siempre acabar en lugares parecidos. Ese gira y gira de la vida. Esa rueda que no te permite mirar hacia arriba...

Lucha por lo que quieres. Lucha hasta la extenuación. No te rindas. Lucha, lucha, lucha...

A veces la lucha es activa. Otras pasiva. Pero siempre es lucha. No desfallezcas. No aminores. Aunque te veas andando en círculos, no creas que siempre terminas en el mismo sitio. Hay diferencias. Sutiles, casi imperceptibles, pero están ahí.

Aférrate a la esperanza. No de forma enfermiza. Si no de forma positiva. Busca lo que te alegra. Pégate a lo que te anima. Busca fuerzas en lo que te rodea. Ármate de paciencia. Pero nunca dejes de luchar.

Nunca pierdas la esperanza. En los momentos más oscuros. En las noches más solitarias, busca la luz. Esa luz que por tenue que sea, siempre está ahí. Esperándote, animándote, llamándote. Ese pequeño rayo que se hace más grande cuanto más cercano te encuentras.

Nunca te olvides de luchar. Nunca abandones mientras te queden fuerzas. No te rindas, compañero.

la conspiración

un tipo mas sabio que yo escribió algo así: Cuando quieres algo, todo el universo conspira para que realices tu deseo.

Yo siempre he creído que esta aseveración tiene mucho de verdad. De hecho, a mi me ha pasado. No se si era el universo quien conspiraba, pero desde luego, yo siempre he acabado consiguiendo lo que realmente he querido.

No quiero creer que hay excepciones. Pero desde luego, si que hay pruebas más o menos duras. A veces, hay que luchar tanto por algo que quieres, hay que trabajar tanto, hay que exponer tanto, hay que perserverar tanto que, ¿realmente merece la pena? ¿lo vas a valorar tanto una vez lo hayas conseguido? ¿realmente hay algo que merezca tantos esfuerzos? ¿tanto como para dejar una parte de ti en la batalla?

No lo se. A veces no todo es tan claro. Lo que si es evidente es que hay que ser decidido. Una vez has optado por algo, una vez tienes claro tu rumbo, no lo varíes, lucha, camina, no te pares, no des marcha atrás... avanza. Acertarás o no, pero ve hacia delante. No te pongas freno, barreras o cortapisas. Y si te cuesta, igual no era el camino a seguir, pero es el que has elegido.

Hacia delante siempre. Se valiente. El cementerio está lleno de valientes, pero también de cobardes.

y ahora, ¿qué?

Hace tiempo que no visito este rincón. Un mes y medio.

Hace tiempo que vivo en un mar de confusión.

Hace tiempo que mis emociones están desmadradas. Felicidad y tristeza se confunden y suceden como un yo-yo.

Hace tiempo que no se hacia donde voy. Parezco tener el rumbo perdido.

Hace tiempo que el desparecer y abandonar los problemas me empieza a parecer una solución razonable.

Hace tiempo que no se que hago. No se que hacer. No se que haré.

Hace tiempo que mi vida se convirtió en un interminable tiovivo emocional que no parece tener fin.

Hace tiempo que se que necesito encontrar la tranquilidad.

Por que se que hace tiempo que perdí la tranquilidad.

Tras la tormenta

Que tranquilidad queda después de la tormenta. Según vas viendo como la lluvia es cada vez más débil, y atisbas el sol en el horizonte, empiezas a sentir la calma que dejan los vientos salvajes.

Y tras la crisis, llega la reflexión. Una reflexión en forma de ciudad. Ciudad llena de edificios, casas, parques y jardines. Ciudad que has creado en tu ser para vivir en ella. Ciudad en la que tú eres el constructor de cada cimiento, cada ladrillo y cada mota de polvo.

Yo acabo de recordar lo profundos que son los cimientos de mi lugar. Lo resistentes que son mis edificios. Lo preparada que está mi ciudad para cualquier cataclismo.

Evidentemente, unas partes resisten mejor que otras, pero todas aguantan con estoica dureza los embites de aquellos que te hacen daño. Aquellos que tratan de perforar tu fuerza de voluntad. Aquellos que van a los puntos de flotación, los puntos débiles. Pero mi ciudad es tremendamente dura. A lo largo de los años, he creado unos mecanismos de defensa y autodefensa que hacen que difícilmente se pueda derrumbar un edificio de mi convicción.

Además, durante la tormenta, observas que no vives solo. La vida es una animal implacable que da cornadas sin parar. Pero no tienes por que estar solo. Cuando pides ayuda a las ciudades vecinas, si has sabido elegir sabiamente, observas como todas las de tu alrededor tienden su mano para ayudarte. Eso te hace sentir vivo y orgulloso de todo lo que has construído en tí y en torno a tí.

Pero por muy dura y resistente que sea tu ciudad, una tormenta siempre deja víctimas y destrozos. Es algo inevitable.

Yo, personalmente, fuerte y reafirmándome en mis convicciones más profundas y sinceras, estoy en el momento de la autoreflexión. El momento de las preguntas y la interioridad.

Se que las tormentas no van a cejar. De hecho, pese a que mi cielo cada día es más azul, ya se atisban nubarrones por el horizonte y en torno a él. ¿Y qué hacer? sabes que sea lo que sea, lo vas a superar. Pero a costa de qué...

Si las barreras son cada vez más altas, está en juego tu propia humanidad. Si afrontas las tormentas a pecho descubierto, corres el riesgo de no salir algún día...

¿Dónde está el equilibrio? ¿Dónde está el punto intermedio? ¿Existe alguna forma seguro de afrontar esto?

La respuesta es no. Cada uno lo afronta como puede. Como sabe. Como quiere. Puedes apartarlo, pero nunca se irá. Puedes ir de frente, con lo que te hará daño, pero si eres sincero y fuerte, lo superarás, aunque dejará una gran herida. Puedes evitarlo, pero evitar siempre equivale a cobardía y no vivir...

Cada uno encuentra su camino en la vida. Elige sus batallas y supera sus tormentas. Cada envite deja herida. Algunas muy profundas. Cada día que luchamos, sufrimos o nos superamos, nos hace más fuertes, pero, a veces también nos hace menos humanos.

Yo no quiero ser un carnicero de almas. Tampoco quiero ser el sparring de nadie. Y en el centro parece estar la virtud. No lo se porque nunca he llegado a ese centro. Y estoy muy lejos de llegar.

Lo que si se, es lo que he construído en mi. En torno a mi. Y se que es muy duro, consistente y fuerte. No se cuantos envites más podrá aguantar, creo que muchos. Lo que si se, es que no quiero que sea tan resistente y frío, que ya nada pueda entrar en él... y eso, la vida te lo hace muy difícil a veces...

la vuelta

Nunca te guardes nada para la vuelta.

Cuando haces algo en lo que crees, dalo todo. No pienses. No te pares. No mires atrás. Ve siempre hacia delante. Entrégate. Da todo lo que tienes. Esfuérzate. Disfrútalo. Pero no te guardes nada para la vuelta.

Si piensas en cómo volver, no estarás dando todo.

Si te paras, te estarás dejando llevar por el miedo.

Si miras atrás, es que dejaste algo que no te permite entregarte.

Si no vas hacia delante... es que estás parado... o vas hacia atrás...

La vida no te espera. La vida no se para. La vida no perdona.

De nosotros dependa vivirla. De nosotros depende llevarla lo mejor que podamos. Por ello, mi consejo, mi filosofía, mi forma de ser es... ve siempre hacia delante, y no te guardes nada para la vuelta.

Paciencias de guardia

¿Es bueno ser paciente? Para mi, desde luego que si. Siempre he considerado la paciencia como una virtud. Pero a veces, de verdad que ser paciente se convierte en un ejercicio de auténtico virtuosismo.

La realidad es que hay gente que nace con la paciencia entre sus cosas positivas, y otra que no. Pero la paciencia se puede aprender. No es un ejercicio fácil, pero sí útil.

Hay que saber cuando apretar los dientes. Hay que saber cuando acelerar un poco. Hay que saber cuando se puede forzar un poco la cuerda. Pero también hay que saber cuando recular. Hay que saber cuando es el momento de esperar. Hay que saber cuando dar un paso atrás y contemporizar.

En definitiva, hay que saber cuando actúar y cuando esperar. Y esto no se aprende de otra forma que no sea usando la paciencia. No siempre las cosas pasan cuando queremos. Por muchas ganas que tengamos de que algo ocurra, no va a pasar hasta que no sea su turno, aunque forcemos la máquina.

De hecho, el forzar la máquina, en ocasiones, puede ser perjudicial, tanto como para provocar que no pasen ciertas cosas que iban a pasar.

Para aprender paciencia, además, también hay que ser valiente. No es fácil aguantar que algo ocurra con resignación suiza. El momento de actúar, con la mente clara, puede ser hasta sencillo y obvio. El momento de esperar, de aguantar y no forzar es más difuso y complicado.

La paciencia te va a permitir coger los caminos fáciles y obvios en el momento adecuado, pero también los complicados y tortuosos en los días de tormenta.

Si eres nervioso, respira hondo. Mira al horizonte. Llénate de paciencia, y piesna positivamente. Todo llega en su momento. Ni antes ni después, llega cuando le toca. A veces lo puedes acelerar, y otras no. Pero siempre llega. Si tiene que llegar, claro está. Y si no llega, tampoco es baladí. Es algo que no tenía que llegar. Con paciencia, estos trances, no siempre sencillos, se hacen más llevaderos.

Piensa que el mundo no se para. El mundo sigue su curso. El mundo avanza inexorablemente aplastando todo lo que pilla a su paso. Pero el mundo no siempre va a la velocidad adecuada. A veces nos resulta lento. Otras horriblemente veloz. En nuestra sapiencia está el saber adaptarnos a su movimiento.

Espera tu turno. Si es algo que quieres con mucha fuerza, quiérelo. Pero siempre, siempre, espera tu turno. Te llegará. Antes o después, te llegará. Observa, vigila, acelera cuando sea necesario, y levanta el pedal en el momento justo... Pero siempre, siempre, espera tu turno...

Me paso el día hablando

A veces, hablar es más fácil que actuar. 

Desde que somos niños, nos enseñan cantidad de teoría y teorías sobre todo tipo de materias. Pero rara vez te enseñan a usarlas. Rara vez practicas dichas teorías. Sólo letra y memoria. Lápiz y papel. Pero ni un solo objeto u objetivo.

Nos sabemos muy bien la teoría. Se la contamos a la gente con total naturalidad y seguridad. "Esto es lo que tienes que hacer"... Pero, cuando hay que aplicarla a nosotros mismos... qué cuesta arriba se vuelve todo a veces.

Y es que no siempre resulta fácil actuar tal y como debemos.Ya no me refiero a la actuación que se espera de nosotros, si no a la que en cierto modo sabemos que estamos obligados a hacer.

La vida es una comedia. A ratos, nuestro papel es sencillo, enriquecedor y hasta divertido, pero en otros momentos (muchos, diría yo), nuestro papel se vuelve difícil, oscuro, poco definido, y, lo que es peor, ni siquiera nos gusta tener que interpretarlo.

En fin, rara vez las cosas salen como queremos, y con eso hay que bregar. La comedia que vivimos tiene su propio mundo, su personalidad, sus ritmos. Y nosotros somos sus actores y esclavos. Revelarnos puede ser agradable a ratos, pero acaba cansando. Seguir el guión puede tener sus momentos aceptables, pero en general nos lleva a ser lo que no siempre queremos ser. Y eso también acaba cansando.

Como dice aquel, si este es nuestro final, rubriquemos un final que pase a los anales de la historia... y recibamos a la vida con una sonrisa.

Secundarios de lujo

¿Nunca te has sentido como ese invitado en una fiesta en la que no tendrías que haber estado nunca? ¿Nunca has sentido la incomodidad de dormir en una cama en la que nunca te tendrías que haber acostado? ¿Nunca has sentido la imprudencia de salir con gente con la que realmente no quieres estar? ¿Nunca te has sentido como ese actor secundario? ¿Ese que a todos cae bien? ¿Ese que siempre hace reir? ¿Ese que es muy amigo del protagonista? ¿Ese que pese a estar cerca del personaje principal tiene poco peso en la historia? ¿Ese al que nadie le pregunta su opinión? ¿Ese que siempre muere en las películas...?

los días y las hostias

¿puede estar la vida dándote hostias siempre? pues a ratos, cuando estoy de buen humor, pienso que no. En otros momentos, cuando acabo de recibir, sólo pienso en cagarme en todos sus muertos.

Es curiosa la vida. Esa extraña capacidad que tiene para sacar lo mejor y peor de cada uno. A mi me ha llegado a tocar tanto mis soberanas partes, que consigue que un tío tranquilo, sosegado y reposado como yo se vuelva violento e irascible.

Si al menos todo dependiese de mi... El problema surge cuando tu vida, y no la vida, se ve invadida. Y es que no podemos evitar, viviendo en sociedad, que conocer gente. Gente que nos rodea, que pesa más o menos nuestra existencia. Gente de toda clase y condición.

A veces dejamos entrar gente en nuestra vida que te hace sentir orgulloso de ser como eres. Otras, dejamos entrar auténticos hijos de puta que actúan como tal. Siempre está en nuestra mano el decidir que hacemos. Podemos arrancar la mala hierba, podemos disfrutar del agradable olor de un galán de noche, podemos regar una flor bonita para que brille cada día con más fuerza...

La vida, y con ella nuestra vida, puede ser maravillosa. La vida, y con ella nuestra vida, puede ser un puto infierno. La vida, y con ella nuestra vida, puede ser un pasar de horas sin ton ni son. La vida, y con ella nuestra vida, puede ser pura monotonía sin sentido.

Por gracia, o por desgracia, de nosotros depende el qué hacemos con la vida. El qué hacemos con ese pedazo de existencia que se nos ha dado. Nosotros decidimos a quien dejamos entrar en ella y a quien no. Nosotros decidimos a quien damos más y a quien no damos nada. Es nuestra vida. Es nuestra decisión el qué hacer con ella. 

Nuestra decisión puede ser correcta o no. Pero es nuestra. Es nuestra elección el cómo vivir. Es nuestra elección el con quién compartir nuestra existencia. Es nuestra elección el saber quien nos aporta y quien nos explota. Es nuestra elección el disfrutar o llorar.

La vida es muy puta, pero da respiros. La vida es nuestra. Nosotros somos la vida. Nosotros decidimos qué hacer con ella. Nosotros decidimos cómo vivirla. Como disfrutarla.

Yo he decidido vivir mi vida. Tengo gente que me quiere y a la que quiero. Yo voy a lo mío. Ni molesto ni me gusta que me molesten. Pienso que es una buena filosofía. Pero cuando alguien me molesta, alguien a quien no he molestado... eso es muy molesto... muy muy molesto...

Sed libres. Vivid la vida. Disfrutad todo lo que podáis. No la tiréis por el retrete. No la desperdiciéis puteando al prójimo. No la gastéis dándole vueltas al sentido de las cosas que no tienen sentido...

No seáis tontos. Sólo tenéis un culo, no intentéis cagar por la boca. Sólo tenéis una vida, no intentéis desentrañar qué sentido tiene. Sólo vívela. Vive cada día como si fuese el último, pues un día será el último...